Adornar y limpiar el acuario hace que los peces se olviden de que están en él

"Una vida sin examen no merece ser vivida."

— Sócrates


Hay pocas cosas más peligrosas que una idea que siempre ha estado ahí.

No porque sea especialmente buena ni porque sea especialmente cierta. Lo peligroso es que, después de convivir suficiente tiempo con ella, deja de percibirse como una idea. Se convierte en una parte del paisaje. Algo tan integrado en nuestra forma de entender el mundo que termina pareciendo natural. Ocurre con las costumbres, con las expectativas, con las estructuras sociales y con muchas de las narrativas que heredamos antes incluso de tener la capacidad de cuestionarlas. Crecemos escuchando determinadas historias sobre cómo debería desarrollarse una vida y, cuando llevamos demasiado tiempo dentro de ellas, resulta difícil distinguir dónde termina la realidad y dónde empieza el relato. Quizá por eso una de las experiencias más transformadoras que puede vivir una persona no sea aprender algo nuevo, sino descubrir que algo que consideraba evidente no lo era tanto.

Con catorce años me fui a vivir al extranjero. A menudo se habla de este tipo de experiencias como momentos de independencia o crecimiento personal, pero cuando pienso en aquella etapa la palabra que me viene a la cabeza es otra. Observación. La familia con la que conviví inicialmente tenía dinámicas que hoy identificaría como maltrato y finalmente tuvieron que cambiarme de hogar. Sin embargo, con el paso de los años he entendido que aquello no fue tanto el origen de una crisis como la apertura de una ventana. Lo importante no fue descubrir que existían personas capaces de comportarse de formas que yo no comprendía. Lo importante fue descubrir que el mundo podía organizarse de maneras completamente distintas a las que yo había conocido hasta entonces. Cambiaron las personas, cambió el idioma y cambió el entorno, pero sobre todo apareció una sensación extraña: la de estar observando una realidad construida sobre premisas diferentes. Hasta ese momento muchas cosas me parecían naturales. La manera en la que una familia se relaciona, la forma de entender la autoridad, las expectativas sobre el futuro o incluso el ritmo al que se supone que debe avanzar una vida. Sin embargo, cuando uno pasa suficiente tiempo fuera de aquello que siempre ha considerado normal, empieza a sospechar que gran parte de lo que llamamos normalidad no son verdades universales. Son acuerdos. Son costumbres. Son historias que una sociedad se cuenta a sí misma hasta olvidar que son historias.

Cuando regresé a España no ocurrió nada especialmente dramático. No hubo una rebelión repentina ni una crisis de identidad que cambiara el rumbo de mi vida de un día para otro. Volví a mi instituto, terminé el bachillerato y continué avanzando por una trayectoria que, vista desde fuera, parecía bastante convencional. Lo que sí permaneció fue una cierta incomodidad difícil de describir. Una sensación persistente de que existían demasiadas cosas que todo el mundo parecía dar por hechas. Durante un tiempo aquello quedó en segundo plano porque la vida tiene una forma muy eficaz de mantenernos ocupados, pero cuando llegué a la universidad y empecé a disponer de algo que hasta entonces había tenido en cantidades limitadas, autonomía real para decidir qué hacer con mi tiempo y con mi futuro, aquellas preguntas reaparecieron con mucha más fuerza.

Creo que la verdadera ruptura ocurrió ahí. No cuando descubrí que existían otros caminos, sino cuando comprendí que podía elegirlos. Hasta ese momento había observado las distintas posibilidades desde cierta distancia, como quien contempla senderos que quizá algún día recorrerá otra persona. Sin embargo, la universidad me obligó a enfrentar una idea mucho más incómoda: la de que una parte importante de mi vida empezaba a depender de decisiones que ya no podía delegar en nadie. Y fue precisamente entonces cuando comencé a fijarme en algo que todavía hoy me sigue llamando la atención. Gran parte de nuestras conversaciones giran alrededor de los caminos, pero muy pocas veces se detienen en las premisas que los sostienen. Discutimos qué carrera estudiar, qué empleo ofrece mejores condiciones o qué decisiones resultan más prudentes para el futuro, pero rara vez analizamos quién definió esas categorías o por qué determinadas trayectorias aparecen constantemente como las más razonables. No porque sean malas opciones. Para muchas personas son excelentes opciones. Lo que me intrigaba era otra cosa. Me intrigaba la facilidad con la que una posibilidad podía transformarse en obligación simplemente por repetirse suficientes veces.

Quizá por eso nunca he sentido demasiado interés por la idea de libertad entendida como una simple capacidad para elegir entre alternativas. Elegir no me parece especialmente complicado. Lo verdaderamente difícil es comprender desde dónde elegimos. Comprender qué parte de nuestros deseos nace de una reflexión propia y qué parte procede de estructuras que llevan años actuando sobre nosotros. Vivimos en una época extraordinariamente sofisticada en ese aspecto. Las influencias más poderosas rara vez se presentan como imposiciones. Funcionan precisamente porque parecen elecciones. Una notificación que aparece en el momento adecuado, una plataforma que aprende qué nos mantiene más tiempo atentos, una recomendación que parece comprendernos mejor de lo que nos comprendemos nosotros mismos o una necesidad que sentimos como propia hasta que nos detenemos a pensar cuándo apareció exactamente. Nada de esto resulta especialmente escandaloso cuando se observa de manera aislada. Lo inquietante aparece cuando uno contempla el conjunto y empieza a preguntarse cuántas decisiones de su vida se producen dentro de marcos que nunca eligió conscientemente.

Por eso siempre me ha gustado la imagen del acuario. No porque el pez sea ingenuo ni porque el cristal represente una cárcel. Me interesa porque el cristal tiene la capacidad de desaparecer. Delimita el espacio, condiciona los movimientos y define las posibilidades sin necesidad de hacerse visible. Cuanto más pienso en ello, más sospecho que muchas estructuras modernas funcionan exactamente igual. No hablo únicamente de redes sociales, publicidad o tecnología. Hablo también de determinadas ideas sobre el éxito, la productividad, el prestigio o la utilidad. Ideas que heredamos mucho antes de desarrollar las herramientas necesarias para examinarlas y que, precisamente por acompañarnos desde tan temprano, terminan pareciendo tan naturales como el agua para el pez.

Durante mucho tiempo pensé que la respuesta consistía en resistirse. Consumir menos. Desconectarse más. Mantener cierta distancia frente a todo aquello que parecía reclamar constantemente nuestra atención. Sigo creyendo que existe valor en esas decisiones, pero con los años he empezado a sospechar que el problema es bastante más profundo.

Cuando somos niños y jugamos en la playa solemos desarrollar una curiosa sensación de confianza con el mar. Aprendemos a saltar las olas, a calcular cuándo llegan y a soportar las más grandes sin caer. Después de un tiempo sentimos que entendemos aquello que tenemos delante. Sin embargo, esa confianza nace de nuestra relación con las olas, no con el océano.

Creo que a veces ocurre algo parecido con muchas de las dinámicas que organizan nuestra vida. Estamos tan acostumbrados a convivir con pequeñas manifestaciones del problema que terminamos creyendo que comprendemos el fenómeno completo. Una notificación, una compra impulsiva, una hora perdida frente a una pantalla o la sensación constante de no llegar a todo parecen situaciones aisladas, pequeñas olas con las que aprendemos a convivir y que incluso creemos poder controlar.

El problema aparece cuando uno se aleja lo suficiente para observar el conjunto. Entonces descubre que aquello que tenía delante nunca fue únicamente una sucesión de olas. Era el océano. Algunas de las fuerzas que actúan sobre nosotros tienen mucho más que ver con un tsunami que con una ola. La cuestión no reside en que sean inevitables ni en que nos conviertan en simples víctimas incapaces de decidir por nosotros mismos. Lo verdaderamente inquietante aparece cuando olvidamos su verdadera magnitud. Convivimos con ellas a diario y precisamente por eso terminamos observándolas desde demasiado cerca, como quien intenta comprender un paisaje mirando únicamente una piedra del camino. Pensamos que estamos gestionando pequeñas decisiones individuales cuando en realidad convivimos con sistemas inmensos diseñados para orientar comportamientos, capturar atención y moldear hábitos de una forma mucho más profunda de lo que solemos admitir.

Quizá el error no consista en fallar al intentar saltar una ola. Aparece mucho antes, en el momento en que confundimos la orilla con el océano y terminamos creyendo que comprendemos algo cuya verdadera dimensión nunca hemos llegado a contemplar.

Y precisamente ahí es donde esta reflexión deja de ser únicamente personal para convertirse en una preocupación educativa. Porque si una generación entera crece rodeada de sistemas diseñados para competir por su atención antes incluso de haber desarrollado plenamente las herramientas necesarias para comprenderlos, entonces el problema ya no pertenece exclusivamente al ámbito individual. Durante mucho tiempo la educación tuvo que enfrentarse al desafío de transmitir información. Hoy vivimos en una realidad donde la información sobra, los estímulos sobran y las opiniones sobran. Lo que empieza a escasear es la capacidad de observar.

Por eso me resulta extraño que dediquemos tantos años a enseñar contenidos cuya respuesta ya conocemos y tan poco tiempo a enseñar a convivir con preguntas que probablemente condicionarán buena parte de la vida de nuestros alumnos. Me cuesta entender que un estudiante pueda terminar su formación sin haber reflexionado seriamente sobre cómo se construyen sus deseos, cómo funcionan los sistemas que compiten por su atención o por qué determinadas ideas terminan pareciendo inevitables. Quizá uno de los mayores retos educativos de nuestro tiempo no sea enseñar más cosas, sino enseñar a mirar mejor aquello que ya tenemos delante.

Cada vez me convence menos la idea de que la respuesta pase por añadir una asignatura nueva o incorporar una herramienta tecnológica más. Empiezo a pensar que se trata de una cuestión mucho más profunda, relacionada con la cultura de las propias instituciones. Una escuela también se define por los espacios que decide proteger, por las conversaciones a las que concede tiempo y por el tipo de persona que intenta ayudar a construir. Desde esa perspectiva, las tutorías podrían servir para hablar de identidad además de rendimiento académico; los proyectos entre distintas materias podrían analizar cómo funcionan los algoritmos, la publicidad o la economía de la atención; y la escritura, el debate o la reflexión dejarían de ser actividades complementarias para convertirse en una parte central de la formación de una persona. Todo ello exige también docentes capaces de reconocer que están atravesados por las mismas fuerzas que intentan explicar, porque quizá educar no consista en señalar el camino correcto desde una posición privilegiada, sino en acompañar a otros mientras intentan comprender el terreno que pisan.

Al final, cuanto más tiempo llevo observando estas cuestiones, menos me interesa la idea de escapar y más me interesa la idea de comprender. No creo que exista un lugar completamente fuera del acuario. Tampoco creo que podamos detener el océano. Lo que sí creo es que una persona que aprende a reconocer el cristal y a leer la corriente ya no se encuentra exactamente en el mismo lugar que antes. Y quizá esa pequeña distancia, esa pausa que aparece entre el estímulo y la respuesta, sea una de las pocas formas de libertad que realmente merece la pena defender.

Porque una vida heredada puede ser cómoda, puede incluso ser feliz. Pero una vida examinada tiene algo que ninguna comodidad puede ofrecer, la posibilidad de saber por qué estamos nadando hacia donde nadamos.

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