Ponte en mis zapatillas, aunque no te queden cómodas

"Si uno quiere ayudar verdaderamente a otra persona, debe primero encontrarla donde está y empezar allí."                     Søren Kierkegaard

En mi familia todos somos bastante diferentes, pero probablemente la diferencia más evidente siempre ha sido la de mi hermano. Tiene síndrome de Down y convivir con él me ha obligado a reflexionar muchas veces sobre algo que normalmente damos por sentado: la forma en la que aprendemos.

Cuando era más pequeño me costaba entender muchas de las cosas que hoy considero normales. Me desesperaba tener que responder varias veces a la misma pregunta para que se quedase tranquilo. Me costaba comprender por qué un ejercicio que para mí parecía sencillo podía convertirse en una dificultad enorme para él. También me resultaba difícil aceptar que, durante algunos enfados, razonar no servía absolutamente para nada y que la única solución era esperar.

Con el tiempo entendí que el problema no era que él aprendiera mal. El problema era que yo asumía que todo el mundo debía aprender de la misma manera.

Y no es verdad.

Una de las cosas más valiosas que me ha enseñado convivir con una persona con discapacidad intelectual es que los ritmos de aprendizaje no son un defecto que haya que corregir, sino una realidad que hay que comprender. Hay personas que necesitan más tiempo. Otras necesitan ejemplos distintos. Otras requieren apoyos específicos. Y otras simplemente necesitan que alguien adapte la forma de explicar las cosas.

A veces me gusta pensar que intentar explicar determinados conceptos a una persona con discapacidad intelectual se parece un poco a intentar describir un paisaje a alguien que nunca ha podido verlo. No porque sea imposible, sino porque obliga a replantearse completamente la forma en la que uno comunica una idea. Si de verdad quieres ayudar a alguien, no puedes empezar desde donde estás tú. Tienes que empezar desde donde está la otra persona.

Quizá por eso cada vez me resulta más difícil entender la educación como un proceso uniforme. Durante mucho tiempo hemos funcionado bajo modelos donde todos los alumnos avanzaban prácticamente al mismo ritmo, con los mismos contenidos y bajo las mismas exigencias. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de que las personas no son únicamente futuros trabajadores que deben adquirir unas competencias determinadas. También son individuos con necesidades, capacidades, dificultades y formas de aprender muy distintas.

Esto genera un debate que siempre me ha parecido especialmente complejo: el de la inclusión educativa y los centros de educación especial.

Durante años he conocido familias que apostaron por escolarizar a sus hijos en centros ordinarios. En algunos casos funcionó muy bien. En otros no tanto. Recuerdo especialmente algunos casos donde el problema no era únicamente académico. El alumno estaba físicamente dentro del aula, pero socialmente fuera de ella.

Muchas veces los contenidos avanzaban demasiado rápido. Otras veces los profesores no disponían de los recursos necesarios para adaptar la enseñanza. Y en ocasiones simplemente faltaba tiempo. Poco a poco el alumno terminaba ocupando ese lugar silencioso del fondo de la clase donde el sistema sabe que existe, pero no siempre sabe qué hacer con él.

Por otro lado, los centros de educación especial suelen contar con profesionales más preparados para responder a determinadas necesidades y ofrecen entornos donde estos alumnos pueden desarrollarse con mayor comodidad. No solo porque los contenidos estén adaptados, sino porque también lo están las expectativas, la comunicación y las relaciones sociales que rodean el aprendizaje.

Por eso nunca me ha parecido un debate sencillo. La inclusión es un objetivo valioso, pero incluir a alguien no consiste únicamente en compartir un espacio físico. También implica sentirse comprendido, participar y tener posibilidades reales de aprender.

Quizá la lección más importante que me ha dejado mi hermano no tenga que ver con la discapacidad en sí. Tiene que ver con la empatía.

Con entender que aquello que para nosotros resulta evidente puede no serlo para otra persona.

Con aceptar que no todos avanzamos al mismo ritmo.

Y con recordar que educar no consiste en conseguir que todos lleguen al mismo sitio de la misma manera, sino en ayudar a cada persona a recorrer el camino que necesita.

Porque si algo he aprendido durante todos estos años es que la verdadera dificultad no está en que las personas sean diferentes.

La dificultad está en construir entornos capaces de entender esas diferencias.

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